La Belleza

La Belleza

19 de febrero 2020.

22:26

Podría ser también: Canto a la Belleza



¿Ha vuelto a mí la Musa?¿ha estado alguna vez conmigo?

Escuchad, si queréis, mi canción. Me ha parecido eterno, pero es como si hubiese vuelto a mí, a un abortivo, al último hombre, quizás. Y yo siento una poderosa gratitud de que haya vuelto, pues la he esperado ansioso e inquieto, más de lo que podáis imaginar ahora. Yo quisiera saber si uno no puede más que sentirse el último hombre, casi siempre, sea quien sea.

Señor. ¡Cuánto amo tu Misterio! La conexión que hay, que existe entre Tú y yo. Que me mantiene agarrado a este mundo, aunque muriese ahora mismo o mañana.

La vida es un momento inseguro de la Eternidad. Parece que se cambiasen los roles. Que el que es seguro fuese inseguro y viceversa. Espero que alguno entienda lo que quiero decir. Lanzo este mensaje en la botella con la esperanza de ser escuchado y comprendido. No voy a negar mi deseo de amor. El ansia de eternidad no termina en nosotros. Esto lo sé bien. Podré ser el último hombre. En lo más profundo de un pozo de dudas, levanto la mirada y allí también estás Tú. La Verdad, la vida, el ser. Pero yo también con ella. Por eso, doy gracias.

Creed que así me siento.  Hay una chispa de valor que ha vuelto a surgido en mí, contra todo pronóstico. Pues las dudas siempre vuelven y se acumulan, nos cansan un poco más, lentamente. No se disipan del todo, salvo en la fantasía.

Me he atrevido a volver a hablar. A contribuir con mi voz a la Belleza. Creo haberla conocido, sí.
Me atrevo a decirlo. Digo también que me parece irresistible. Que me hace temblar de placer. A mi cuerpo, en el que cada parte es sagrada, según Whitman. Que no hay derrota más digna que la inevitable, quiera esto admitirse o no. Pues he llegado a creer que la derrota es cotidiana, que nos aísla por dentro y que el mundo nos derrota día a día un poco más. No soy capaz de verlo de otra manera.

Sé que hay belleza y que nos hace vibrar. A nosotros especialmente, que podemos expresarlo, a veces de forma tan compleja y apasionada. Pero la belleza es la misma, a pesar de lo que suscita. Existe su misterio, ante todo.

El temor y temblor es igual en todas las épocas, más allá del murmullo del siglo. En la intimidad. Por encima y más allá de lo clasificable. De lo que sí se puede expresar y es verdadero. De la soberbia de la palabra, que se hincha cuando éstas más se multiplican, cuando se alejan de lo concreto. Sucede. ¿Alguien me sigue? Yo lo creo así.

¿No sería demasiado pretender que lo entendemos todo?¿Que lo sabemos todo? No me basta el Ignoramus, ignorabimus. Es una trampa y no me basta. Quiero algo más sincero, más cercano a lo que soy realmente. Sí, yo también tengo reservas y lo digo aquí. Para mí, todo es nuevo otra vez. Pero sobre todo el asombro de la duda de existir, ser, estar en el mundo. Haber nacido. Morir, también. Un asombro que no podemos olvidar, ni combatir, ni cambiar. Del que nada huye, a lo que nada se le escapa. Toda poesía es vana sin este asombro o misterio. Son palabras sin vida. Estas, por más vulgares o desordenadas que sean en realidad, pretenden ser vivificadas por la dudosa inocencia o pureza de su autor.

Soy el mismo, a pesar de mis cambios. No puedo evitar sentirme así. He vuelto al refugio de la gratitud. Yo, el último hombre, que nací tarde, cuando todo ya se dijo y se hizo por los que ya no viven. Que sigue haciéndose muy por debajo y lejos de las apariencias viles y oportunistas de los que nos quieren engañar todavía. De los que matan y mancillan lo peor de la belleza en la horrible superficie, la gratuidad vulgar que odia nuestro espíritu. No quiera convencerme nadie de que esto no es así, porque no le creeré. No querré más que convencerle de lo contrario.

Estoy intentando decir que en momentos escasos como este, es como si pudiese amar sinceramente el inconcebible milagro de mi miseria. Esa blasfemia ha salido de mi pensamiento. Porque realmente la amo y no conozco nada más. Amo, como a mi cuerpo, cada parte de ella, porque es mía y realmente existe. Aunque yo sea mortal, ¿qué más puedo amar, si no es a mí mismo, con tan desesperada sinceridad?

Quiero ser comprendido. No hay deseos a medias, aunque sigan conociéndose toda la vida. Aunque no se satisfagan más que en la fantasía. Esa imperfecta plenitud que sólo se ve por dentro. Que no puede alcanzarse ni realizarse, pero tampoco abandonarnos por dentro. La enfermedad sagrada de los mortales no es otra que su fantasía. A veces dulce; otras, las más de las veces, amarga y fatal.

Del contexto surge el fenómeno y no es tan complicado moverse por propósitos vulgares y pequeños. Así se construye este mundo, en cada una de las mentes que lo componen. Yo creo esto. Todos podemos equivocarnos, incluso el que más noblemente se esfuerza por categorizar; al que también, como a todos, tienta su soberbia, olvidándose de que es mortal e ignorante. Que su enfermedad sagrada nunca le abandona y que la pasión no es más que la superficie, a veces tempestuosa y agitada de ese profundo mar. Intenta hablar mi corazón. Ha callado por mucho tiempo. Yo también quiero participar de la Belleza. Si queréis de su miembro más vulgar, de la parte más baja de la Venus terrestre.

No me importa, si es la que me corresponde. Son todas las victorias justas y todas las derrotas injustas. ¡Hay que seguir adelante! Quisiera que estas palabras, este suspiro, me perteneciesen para siempre. Yo no conoceré su posteridad, ni su anonimato. Hay que decirlo. Cada uno vive su vida. Yo estoy viviendo la mía. Necesito reafirmarme.

Palabras vivas como pasión, como un corazón latiendo, caliente, fluido, bombeando, es lo que quiero dar. Perdonadme si yerro. Ojalá supiese decirlo mejor. Sé que no es mi gracia la más distinguida, que en cualquier momento puede alejarse todavía más de lo deseable. Extraviarse, incluso disiparse. Nada puedo hacer en su contra, salvo desear que se aplace y procurar que suceda. Pero esta gracia es mía y nada más tengo para dar, que sea sincero. Perfectamente podría ser mi única oportunidad de darla. Sólo tener una vida para amar, desear, sentir (también temer) la Belleza.

Estoy hablando ahora. Tal vez algo de esto permanezca un tiempo. Tal vez, como las semillas de la parábola, puedan hacer brotar en alguno un poco más de belleza, siempre con la ayuda divina. Siento ahora, claro en mi corazón, aquel extraño matrimonio de doctrinas opuestas, destinadas a destruirse y que, sea por el destino, sea por una broma del mismo, formaron aquella primera sinergia del intelecto, me parece a mí, en nuestra cultura occidental:

El imparable alma de Heráclito; la voluptuosa carne de Parménides, que no pudieron destruirse y se limitaron a convivir hasta hoy. Parece que lo harán todavía por un tiempo. Todo pensamiento es hijo de esa batalla inacabada, de esa inalterable posibilidad de Eternidad y sentido. Ese algo que encaja para aquel sabio que quería seguir creyendo, a pesar de tener en contra toda la ciencia y la técnica de su tiempo. Pues al final de cada lance, nadie resiste la trampa. Ninguna ignorancia, ningún idealismo resiste a la necesidad, "La necesidad es más fuerte que los dioses mismos".

Me atrevo a dejar aquí la canción de mi corazón, en este momento. Aprecio la belleza. Quien lo quiera, acuse mis herramientas como romas y vulgares para conseguirlo. Nací para apreciar la belleza. Para recrearme y regocijarme en ella hasta que me muera. Todo es más fácil con un propósito concreto, cuando surge. Cuando no es así, no hacemos más que desearlo (padecer, sufrir el deseo, violencia imaginada contra uno mismo), tanto como querer, en una tempestad del mar, asirse a una roca más firme que a una pequeña y frágil. Siempre quedan tempestades.

Bendito sea este remonte, sea cual sea la supuesta miseria de mi abundancia y fortuna, porque puedo sentir, a veces, en toda su intensidad y pureza, que realmente existe y que solo la muerte me la puede quitar(si es así). Bendito sea el remonte del vuelo de Ícaro, antes, quién sabe cuándo, de que sus alas terminen por derretirse y hacerle necesariamente perecer. Vuelo un día más bajo el sol. Volar es vivir. No es posible quitar del todo la abundancia, la fortuna. Pero por encima del resto, la Belleza y nuestro amor por ella.

Termino con prisa mis apresuradas palabras. No he querido esperar más. Perdonad, os ruego, haber vuelto así, deshecho (o resuelto) por la necesidad de nuevo, incapaz de resistir, una vez más, a la Belleza misma. El amor es curvo, y su curva se acentúa toda la vida, tan prodigiosamente a veces. Esa curva, ese arco, me parece que es la Belleza misma.





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