Tà eis heautón


Ya no esperaba encontrarme contigo. En aquello que a mí me parece el fondo de mi corazón, creí haber encontrado una filosofía (de vida, de la naturaleza, verdadera) con la que podría estar de acuerdo por tiempo indefinido. Pues quiero dejar atrás la angustia de una búsqueda incierta, inacabada, imperfecta, humana, infestada de confusas pasiones, oculta y aplastada por ellas. Desesperada.

Pues todos andamos perdidos y la filosofía parece ser siempre un paliativo, un salvavidas, una defensa contra el caos de la sinrazón, la depravación y la barbarie. En fin, de la indisciplina, la intemperancia. Pero te encontré y no he querido reconocer (ni he podido resistirme) que la búsqueda continúa.

Se abre ante mí, dentro de mí. Como una flor de Dios. Invisible, esencial. Indestructible, sagrada. Todos me ayudan en mi búsqueda. Aquellos que buscan la pureza de su corazón. Pues es todo lo que puede hacer un hombre bueno, la acción de máxima bondad, le quede o no vedada la divinidad de la sabiduría. 

Oro con inseguridad y una débil esperanza. Apartando los fantasmas de la fantasía, no creo que haya sido nunca más fuerte. Me siento desnudo, indefenso, necesitado de socorro al pensar que un hombre sin filosofía o con una mala filosofía es el azote de toda la humanidad, su continuación. Para quien entienda de lo que estoy hablando. 

Si es mi destino ser un amante pequeño, menor, fugaz de la sabiduría, pido a Dios valor y firmeza para abrazarlo con dignidad, dignidad humana, universal, natural. Pues sólo se soporta la ignorancia que se tiene por conocimiento, no sólo en uno mismo, sino también en los demás. Vivimos del mundo real, estemos o no atrapados en su reflejo más alejado, separados de él por un abismo de sombras falsas e interminables. 

No puede haber filosofía verdadera sin consuelo, alivio en el alma, pues llama siempre a su parte divina, la más excelsa y escondida. La parte inmortal. No hay filosofía verdadera que no obligue a una continua reflexión, a un amor sincero y completo. Sin esfuerzos ni opresiones, sin falsedades ni resistencias de ningún tipo. 

Pues las impresiones que llegan al alma no pueden ir mas que envueltas en desagrado, hastío, contrariedad, enigma y, en una palabra, lo que este entiende por alteración o anormalidad. Pues el alma, a mi parecer, no puede engañarse a sí misma, si bien puede enloquecer o llegar a la locura a través y a fuerza de falsas imágenes que lo deleitan, lo aturden y, simplemente, lo ciegan o saturan. Que lo distraen. Pues el entretenimiento, aunque sea vano o fatuo, debe ser siempre atractivo.


La fama póstuma: olvido.
                                   M.A. 

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