Recuerdo y narración


En el pequeño hogar de algún lugar una madre viste a su hijo. Es el primer día de guardería. Ese niño era yo. Recuerdo bastantes detalles de ese momento.

Mamá me pone una chaqueta negra, como de cuero, tal vez vaquera. La luz de la mesa redonda está encendida. Me viste en el salón. Ahora no sé si ella estaba más nerviosa o emocionada que yo. Apenas presencio el momento que pasa. Ignoro demasiado, pero eso no me molesta. Estoy centrado en este momento. Aún es muy pronto.

En algún momento acaba y nos vamos en su Wolkswagen. No recuerdo a Daniel el primer día. Tal vez estaba en otra parte. Voy a pisar la guardería del Enrique de Ossó por primera vez. Será el principio de una aventura, un periplo que durará casi quince años. Un lugar que será siempre especial para mí.

Conoceré por primera vez a mis compañeros, mi segunda familia, en los mejores y los peores momentos. Es un punto decisivo de mi vida. Debo tener poco más de dieciocho meses, según el testimonio de mi madre.

De todos los viajes que hicimos en coche, este será uno de los primeros. No recuerdo si iba en una silla de bebé. Ahora imagino que para mí lo era todo llenarme de imágenes, según iban apareciendo en mi vista. Yo registraba el mundo en mi espíritu y eso bastaba por ser natural. Deseado, alcanzado. Todo pasa.

Llegamos al colegio y piso por primera vez el patio. Aquí pasaré cinco años, con el intervalo de las vacaciones. Camino por él, exploro. Aún es muy temprano y el sol no ha salido del todo. Me columpio en los remos. Estoy solo en el patio. Puede que mamá esté arreglando papeles.





Para mí, pasear y explorar es suficiente. Es como estar en un sueño. Me dirijo a mí mismo, pero al mismo tiempo me dejo llevar. Año 1991, posiblemente. Paseo por el patio y nada más. Sueño mientras paseo.

Pasa ese momento y viene otro. Ya mamá se ha ido. Me siento extraño sin ella, pero me hago a la idea. No recuerdo en qué momento vi por primera vez a mis compañeros, quién fue el primero que vi. Todo es muy difuso y lejano ahora. Por fuerza, tuve que encontrármelos y conocerlos en algún punto.

No es difícil para un niño socializar, conocer. Abrirse al otro, sus sentimientos, su mundo interior. Supongo que es lo que hice, o más bien lo que me sucedió. Conocí a mis compañeros.

Somos unos veinte, pero vendrán algunos más. Recuerdo cada uno de sus rostros. Aún veo a algunos hoy y seguimos creciendo y envejeciendo. La vida tiene su indescriptible belleza, a pesar de todo lo que rechazamos y nos amenaza. Es decir, lo que la hace digna de ser vivida y gozada.

Nuestra primera cuidadora es Fefi, una mujer de edad mediana bastante estricta. Nos disciplina todo lo que puede. No la recuerdo muy afectiva, a diferencia de otras que tuvimos. También está Nina y su particularidad era el estrabismo de sus ojos. 

Ya desde entonces me llamó la atención. Ella nos cuidaba en una habitación diferente, con una piscina de bolas. Las aulas tenían una puerta de cristal que se arrastraba. Había mucho color naranja en la guardería. Muchas cosas eran vistosas y grandes. Recuerdo un extraño babero de plástico duro, azul claro, que nos ponían. Creo que nos cambiaban de ropa si teníamos algún problema.

La primera sala que ocupamos, la de Fefi, no tenía gran cosa. Era similar a las demás, pero lo único que recuerdo que hacíamos era dormir. Recuerdo las colchonetas marrones en las que nos obligaban a dormir.

Aquí encontré mi primer obstáculo o resistencia frente a otro en el recinto. Como casi todos los niños, era inquieto. Tal vez especialmente inquieto. Fefi no celebraba que yo fuera así y recuerdo sus reprimentas. En aquella época si te tiraban de las orejas no era el drama de hoy en día.

Como me costaba dormir a la fuerza, solía hacer ruido o simplemente moverme y estar con los ojos abiertos. Estar activo. Pero un día me conseguí hacer el dormido, y recuerdo cómo, boca abajo, me salió un poco de saliva sobre el colchón y yo me esforzaba por tener los ojos cerrados.

Recuerdo los elogios que me dio. Me dijo que me había portado bien y se me quedó grabada esa palabra. Quizás era la primera vez que la escuchaba. Yo me sentí muy bien, orgulloso, a pesar de ser tan pequeño, por mi comportamiento, por mi logro.

Más de una vez, vi a Fefi vigilante, con rostro severo, paseando su mirada, como un águila, sobre nosotros, a ver si alguien no se hacía el dormido. Es probablemente, la representación más temprana que tengo de la de autoridad.

De aquel primer año no recuerdo mucho más en la guardería. El día terminaba cuando mamá me venía a recoger. El colegio abría hasta muy tarde, hasta las cuatro o así, pero no recuerdo si en la guardería se cerraba antes. Extrañamente, no tengo ningún recuerdo de mi hermano en la guardería. Estaba dos cursos por encima, pero aún así no parece que coincidiese con él demasiado. Sí recuerdo cuando él estaba en primaria y yo todavía en la guardería.

Retorno a casa, a la frescura de mi hogar. La tele casi siempre encendida. Mamá cocinando, limpiando o secándose el pelo y peinándose. Estoy donde debo estar. No me cabe duda de que los recuerdos volverán a mí, flotando en mi conciencia, pero al menos ya queda registrado aquí, envuelto en la narración que me da libertad para expresar nuevos y viejos sentimientos de lo que viví y aún puedo apreciar.




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