Escenas de una vida
Escena 1
Es de noche. Descanso en la parte de atrás del coche. El sonido del motor me relaja. Apenas siento que está ahí. Estamos solos mi madre y yo. Estoy recostado y puedo ver a través de la ventana grandes altas rocas que se imponen junto a la carretera. La tenue luz de las farolas produce sombras en ellas que me llaman mucho la atención. Como si fuesen estatuas de santos de los tiempos remotos, observándome.
Dani no ha venido hoy. Se ha quedado con Tetete, la prima de mi madre. Vamos de camino a la casa de la abuela, donde también vive mi padre. Vamos cada dos semanas, aunque a veces algo más.
Me encanta ir allí. Es una casa enorme. Cuento pocos años, pero ya he tenido algunos de los recuerdos que perdurarán el resto de mi vida en esa casa. Jugar con mi hermano y mis primos. Ver películas de acción o aventura, con gente musculosa, explosiones o artes marciales. Para mí, ahora la felicidad incluye mi segundo hogar.
Es una casa antigua. Con pasillos alargados y una sensación de frescor casi continua. Hay un intenso olor a madera que me estimula. Las habitaciones son amplias y hay mucho espacio para jugar. Casi de cualquier detalle puede surgir un juego, ahora para mí.
Nos acercamos a la casa, y mi atención se ha centrado fundamentalmente en aquellas rocas. No he percibido las casas a mi alrededor ni otros detalles. Tal vez, lo más destacable además de aquellas, sea una inmensa torre que desprende humo.
Hasta mucho tiempo después, no sabría qué era realmente. La chimenea de una desaladora de agua, una estación muy grande junto a la playa de La Laja.
Llegamos a la casa. Como aún soy muy pequeño, mi madre me acompaña dentro. Hay una puerta bajo las escaleras muy pequeña. Llegamos a pensar que ahí viven enanitos o duendes.
Al entrar, mi abuela se pone muy contenta al verme. Es muy cariñosa conmigo y a mí me agrada mucho. Le correspondo. Cenamos los abuelos y yo. El abuelo es menos afectivo y se ve mucho más indiferente hacia mí, aunque tiene un toque de ternura y humor que también lo caracteriza. Siempre se le ve muy serio. Lleva camisas largas de rayas, normalmente de color blanco o claro. Su posición es rígida y camina con dificultad. Es muy algo, con el pelo blango y lacio.
Mi abuela siempre me sonríe, o casi siempre. Tiene un rostro amable. Hasta mucho tiempo después, me parecería la persona más feliz que conocía. Después de cenar vemos un poco la televisión. Esta noche ponen Noche de estrellas, un programa de canto donde los participantes interpretan canciones famosas, caracterizados como sus ídolos.
No me acuesto muy tarde, pero mi abuela me acompaña a la cama. Se sienta junto a mí y rezamos juntos. Otras veces, la escucho llegar, arrastrando los pies, pues ella también camina con dificultad. Mientras camina, parte de sus pies se desliza por el suelo liso, que es así en toda la casa.
Cuando se sienta, me vuelve a sonreír, y después de comentar algunos detalles del día y de mimarme un poco, rezamos:
"Cuatro esquinitas tiene mi cama y cuatro angelitos que me la guardan. Jesusito de mi vida eres niño como yo, por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón."
Le gusta que lo diga con ella. Se pone muy contenta. Cuando me besa, vuelve a su habitación y yo empiezo a pensar por mí mismo. Empiezo a soñar antes de dormir, y siento esa sensación de estar observando maravillado el mundo. Otras veces, esa euforia es una ansiedad terrible. Mi felicidad suele ser entonces abundante o escasa.
Voy quedándome dormido y aún siento que este lugar es el más seguro del mundo. Pronto volveré a ver a mi madre, pero hasta entonces, tengo todo un fin de semana para disfrutar aquí.
Puede que vengan mis primos a jugar. Tenemos una nueva consola y ella se incluirá en nuestros juegos, aunque sólo con juguetes mi mundo interior se basta, y a veces ni siquiera eso.
Voy sumiéndome en la oscuridad apacible. Me voy entregando con lentitud y serenidad. Mis fuerzas descansan. Cedo al proceso natural del descanso, y el día termina en un sueño placentero y apacible.
Es de noche. Descanso en la parte de atrás del coche. El sonido del motor me relaja. Apenas siento que está ahí. Estamos solos mi madre y yo. Estoy recostado y puedo ver a través de la ventana grandes altas rocas que se imponen junto a la carretera. La tenue luz de las farolas produce sombras en ellas que me llaman mucho la atención. Como si fuesen estatuas de santos de los tiempos remotos, observándome.
Dani no ha venido hoy. Se ha quedado con Tetete, la prima de mi madre. Vamos de camino a la casa de la abuela, donde también vive mi padre. Vamos cada dos semanas, aunque a veces algo más.
Me encanta ir allí. Es una casa enorme. Cuento pocos años, pero ya he tenido algunos de los recuerdos que perdurarán el resto de mi vida en esa casa. Jugar con mi hermano y mis primos. Ver películas de acción o aventura, con gente musculosa, explosiones o artes marciales. Para mí, ahora la felicidad incluye mi segundo hogar.
Es una casa antigua. Con pasillos alargados y una sensación de frescor casi continua. Hay un intenso olor a madera que me estimula. Las habitaciones son amplias y hay mucho espacio para jugar. Casi de cualquier detalle puede surgir un juego, ahora para mí.
Nos acercamos a la casa, y mi atención se ha centrado fundamentalmente en aquellas rocas. No he percibido las casas a mi alrededor ni otros detalles. Tal vez, lo más destacable además de aquellas, sea una inmensa torre que desprende humo.
Hasta mucho tiempo después, no sabría qué era realmente. La chimenea de una desaladora de agua, una estación muy grande junto a la playa de La Laja.
Llegamos a la casa. Como aún soy muy pequeño, mi madre me acompaña dentro. Hay una puerta bajo las escaleras muy pequeña. Llegamos a pensar que ahí viven enanitos o duendes.
Al entrar, mi abuela se pone muy contenta al verme. Es muy cariñosa conmigo y a mí me agrada mucho. Le correspondo. Cenamos los abuelos y yo. El abuelo es menos afectivo y se ve mucho más indiferente hacia mí, aunque tiene un toque de ternura y humor que también lo caracteriza. Siempre se le ve muy serio. Lleva camisas largas de rayas, normalmente de color blanco o claro. Su posición es rígida y camina con dificultad. Es muy algo, con el pelo blango y lacio.
Mi abuela siempre me sonríe, o casi siempre. Tiene un rostro amable. Hasta mucho tiempo después, me parecería la persona más feliz que conocía. Después de cenar vemos un poco la televisión. Esta noche ponen Noche de estrellas, un programa de canto donde los participantes interpretan canciones famosas, caracterizados como sus ídolos.
No me acuesto muy tarde, pero mi abuela me acompaña a la cama. Se sienta junto a mí y rezamos juntos. Otras veces, la escucho llegar, arrastrando los pies, pues ella también camina con dificultad. Mientras camina, parte de sus pies se desliza por el suelo liso, que es así en toda la casa.
Cuando se sienta, me vuelve a sonreír, y después de comentar algunos detalles del día y de mimarme un poco, rezamos:
"Cuatro esquinitas tiene mi cama y cuatro angelitos que me la guardan. Jesusito de mi vida eres niño como yo, por eso te quiero tanto
y te doy mi corazón."
Le gusta que lo diga con ella. Se pone muy contenta. Cuando me besa, vuelve a su habitación y yo empiezo a pensar por mí mismo. Empiezo a soñar antes de dormir, y siento esa sensación de estar observando maravillado el mundo. Otras veces, esa euforia es una ansiedad terrible. Mi felicidad suele ser entonces abundante o escasa.
Voy quedándome dormido y aún siento que este lugar es el más seguro del mundo. Pronto volveré a ver a mi madre, pero hasta entonces, tengo todo un fin de semana para disfrutar aquí.
Puede que vengan mis primos a jugar. Tenemos una nueva consola y ella se incluirá en nuestros juegos, aunque sólo con juguetes mi mundo interior se basta, y a veces ni siquiera eso.
Voy sumiéndome en la oscuridad apacible. Me voy entregando con lentitud y serenidad. Mis fuerzas descansan. Cedo al proceso natural del descanso, y el día termina en un sueño placentero y apacible.
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