La casa de Yeya


Mi abuela se llama Angelina, pero nosotros la llamamos Yeya con cariño, desde que era pequeño. En aquel entonces, mamá solía estar muy ocupada, y aunque disfrutaba con nosotros, mi hermano y yo a menudo nos quedábamos en casa de otros familiares. 

Una de las casas donde pasé más tiempo y a la que cogí mucho cariño, por la paz y el acogimiento que encontraba allí, fue la casa de mi abuela. Se trataba de un piso pequeño en el barrio de Las Remudas, en Telde, la ciudad donde crecí. 

Muy de mañana, solía escuchar a un hombre vendiendo pescado fresco en la calle. Llevaba un megáfono y anunciaba a los vecinos la oferta de sus productos. Recuerdo con mucha claridad quedarme embelesado frente a la ventana, sin mirar a ninguna parte, siempre distraído, mientras escuchaba de lejos ese sonido familiar. Además, no sé si era por la ventana, pero sólo recuerdo días nublados, entonces. 

La experiencia en su casa solía ser la misma. Mi abuela me grababa los dibujos animados muy temprano. Era una mujer muy activa y siempre estaba haciendo algo. Limpiando, cosiendo, cocinando... Una mujer del hogar entregada y resuelta. Me impresionaba su destreza, cuando, por casualidad, le prestaba más atención de lo habitual. Solía llevar delantal o guantes. También unas gafas gruesas. El pelo muy corto y la expresión penetrante. Lista para responder. 

De los pocos juguetes que habían en su casa y que yo usaba con fruición allá donde fuera, recuerdo uno en especial. Una ratoncita con una escoba en la puerta de una casa. Todo conformaba una sola pieza. Cierto día, la abuela visitó mis juegos y dijo que ella era esa ratoncita. Y a mí me gustó mucho su comentario. 

El suelo era muy liso. A pesar de ser un piso pequeño, a mi a veces me parecía enorme. Cada habitación era un mundo. Un pequeño departamento de esencias. En el salón estaba la televisión, centro espiritual de mi recreo. Poso, su gato siamés, paseaba de un lado para otro con lentitud y elegancia, como todos los gatos domésticos que,  además, disponen de clase. 

El piso era de color marrón en gran parte. La abuela tenía algunos cuadros colgados, pero ahora ni antes la imagino como una maniática de la decoración o del orden. Recuerdo ver montañas de ropa ordenadas a uno y otro lado de la casa. La habitación donde dormía era fresca, seca y cómoda. El olor de las sábanas siempre me ha enamorado, prácticamente en cualquier sitio donde me quedaba. Soy de lo más dormilón que uno se pueda imaginar. Con toda sinceridad. 

Las sábanas eran suaves y lisas. Me gustaba su tacto frío que, poco a poco, con el correr de la noche, se iban calentando. Siempre he cogido el sueño rápido. Tiene que pasar algo muy serio y poco común para desvelarme o impedirme llegar al sueño. Es una gran suerte que he conocido mucho más tarde, pero veo que mucha gente no goza de esta ventaja. 

Había una habitación dedicada sólo a la costura. Era también la habitación de los trastos. Se encontraba en el fondo de la casa y tenía algo menos de luz. Tal vez, era simplemente que, al estar llena de cosas y tener casi siempre la persiana bajada, me parecía considerablemente más oscura. Había muchos zapatos. 

A veces, la abuela se despistaba y dejaba algo de comida que ya no estaba buena para comer. Un paquete de papas o un trozo de queque, pero de todos modos, si había hambre, era ridículo resistirse. Me quedaba mirándola coser por largo tiempo y a veces conversábamos. Yo, con entusiasmo, y ella con ternura. Me daba el puré en una taza azul o verde de cristal, mientras veía las noticias que daba Pedro Piqueras. Ciertamente, son tiernos casi todos los recuerdos que compartí con ella. 

Me siento afortunado por cada miembro de mi familia, y no permito que el odio me robe la inocencia que ha resistido en el tiempo de mi vida hasta este momento, con ese noble sentimiento de defender lo que se conoce. Y lo que se ama. 

A la abuela no parecía molestarle vivir en ese barrio, pero resulta ser uno problemático por no ser céntrico y habitar en él gente con pocos recursos. Alguna vez, mi hermano bromeó sobre el tema. Pero supongo que sí habría más gente mayor, o que no escaseara de tantos recursos como la mayoría de sus residentes. Ahora no sé cómo estará el panorama. 

No sé, a ciencia cierta, por qué la abuela decidió mudarse. Creo que ya había vivido antes en otro sitio sola. Lo cierto es que, poco más adelante, pasó a vivir en una casa de La Garita, donde también tengo muchos recuerdos, de los que ya hablaré más adelante. Ahora vive en Telde, frente al parque de San Juan. 

La casa está alquilada y la última vez que la visité podría haber sucedido hace más de diez años. La verdad es que no me acuerdo. Creo que la visité cuando mi madre fue a hablar con sus inquilinos, por una cuestión del alquiler. A menudo, imagino que la seguiré recordando con renovado cariño, ya que no me atrevo a separa una sola parte de mis recuerdos, especialmente de la infancia, sin que se desbarate todo mi mundo. 

En cierto sentido, es como si ya fuera perfecto y completo y sólo se repitiera en mí, como sólo el misterio de la naturaleza es capaz de insinuar en cada criatura, que no sabe, ni deja de saber lo que es en realidad, en qué se equivoca, qué significan sus sentimientos. Adónde se dirije. 

Si estos recuerdos, que sólo a mí me importan de verdad, son parte de mi esencia, debe ser un compromiso moral el compartirlos con el mundo, pero la realidad es que no puedo resistirme al impulso de repetir mis desahogos. Este es otro de ellos. Es mi manera de expresarme, mi personalidad, la que me hace ser como soy y lo que soy. Pero recuerdo con mucha claridad cuánto lo he amado, casi a cada paso del camino. 

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