Prosperidad y distracción


Fue sucediendo que empecé a pensar así. Llegué al límite de la voluntad y las fuerzas del espíritu humano. Me di cuenta de nuestra ritual derrota y huida, que debió convertirse en alabanza desde el principio. La filosofía es la ocupación más útil, responsable y realista que puede ejercer el hombre. El presente es el principio de la verdad. El hombre es el centro de la historia, y dentro de él, el espíritu. 

El hombre puede expresar una parte de la verdad, pero no puede poseerla, porque pasa y es parte de un conjunto mayor, más poderoso, sea este complejo o simple en el misterio que no podemos penetrar y del que no podemos escapar. 

La poesía es mítica. La expresión de sentimientos es traslación de metáforas. No hay manera de aprender de los grandes sin desafiarles en una guerra abierta. La guerra es seria. Hasta los engaños en la guerra, se hacen con intención de verdad. 

El hombre no está en guerra contra la divinidad, ni podría estarlo. Está en guerra contra sí mismo, por dentro. Contra lo que no alcanza a comprender de sí mismo y lo que se le escapa, habiéndolo creído ya comprendido y poseído. Irresistiblemente orgulloso de su hazaña. Una fuerza superior a la suya le mantiene pegado a la tierra, la materialidad y lo objetivable. Es decir, a una parcela de imperfección necesaria. Perfectamente pasajera. 

Es cierto que deseo reforzar la solidez de un fundamento. Una guía personal que no puedo negar. Ni terminar. No puede haber interés sin pasión. Sin amor profundo, aunque este no se haya conocido en la conciencia. Continuar obliga, no sé cómo, a apartar la mirada del pasado. Porque diferenciamos, en contra de nuestra voluntad (aspiración de unidad total y perfecta), entre pasado y futuro. Por tanto, estamos obligados a situarnos en el presente, del que no podemos salir. Porque somos el presente mismo. Somos una prisión de tiempo limitado. Un trozo de conciencia que pasa, no se detiene ni puede detenerse. 

Es una responsabilidad jugar a juegos serios entre tantos juegos de broma. Los hombres menos serios serán antes olvidados, como la posibilidad de su esfuerzo sincero y profundo, para adherirse por propia voluntad a la verdad de la que procedían. Extenderse demasiado es perder el tiempo angustiado. Sometido por lo desconocido. Rebelarse es negar lo que nos explota. Atacarlo desde la violencia conocida. Reorganización es reflexionar de nuevo. 

El individuo es pasajero. La expresión del hombre implica la riqueza de miles de generaciones que no se han conocido personalmente, debido a la prisión del tiempo. La revolución intelectual y moral tienen el mismo valor. Son equivalentes. Son la misma cosa. Son realmente importantes. La sabiduría divina acerca a todos los hombres. 

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