Confirmaciones
Mi vida es todo lo que tengo. Pero también lo que no tengo. Son la misma cosa.
No hay nada más difícil que buscar a Dios. De lo más difícil, nada hay más que buscarle con todo el corazón. Por tanto, nada más fácil que huir de Él. Esto es, darle la espalda. Buscar y desear deshacerse de Él, y de ello, nada más fácil que repudiarle con todo el corazón, lleno de odio, de pereza, de inquietud frívola.
Lo que no sucede, nunca sucede. Reedificar la casa de Dios en tu corazón es hacerlo en el corazón de todos los hombres. La verdad se reconoce después en su recreación. Se recibe y se acepta. Errar es no acertar. No llegar a la meta, a tiempo.
Nunca he sentido tanto miedo de ser miserable, inservible, como lo siento ahora. Yo no sabía, o no me había interesado hasta el momento, que mi orgullo me podía golpear tan fuerte. Que podía ser tan cruel conmigo mismo.
El dolor lo siento por dentro. El desamparo, la confusión, la insuficiencia. Indiferencia y desidia. Nada o poco, muy poco, me valen ya mis viejas memorias. Glorias pasadas y pequeñas han quedado atrás. Vacías, cada vez más vacías y confusas. Más inexistentes. Más viva mi incredulidad y desnudez. Mi angustia.
El Hombre no era ninguna de esas apariencias. Y yo creía saber, con seguridad, serenidad y alarde qué era el Hombre. Esclavo, medio y principio de todas mis fantasías. Criatura orgullosa y autosuficiente. Alucinada. Rebosante de trucos y trampas hasta hoy.
Pero he aquí que estoy desolado y solo entre los hombres, a los que considero tanto o más desgraciados que yo, sepan o no este sentimiento. Este dolor real. No hay mundo que pueda contener el relato de todas mis creencias, ficciones y deseos. Golpean de repente como un leviatán, tirano del abismo, desconocido, ciego, insaciable al final. Incompleto, el hombre interior.
Y no me atrevo, ciertamente, a mirar a Dios, tan sucia está mi mirada, tanto y tan bajo se ha extraviado mi torpe alma, movida e hinchada por el más torpe y pesado cuerpo. ¿A qué punto más alto podría mirar? ¿Cuánto debería girarme, subir la mirada? ¿Es que esta vil soledad no acabará nunca, no puede acabar?
Sombras de pasión por todas partes me asedian. También por dentro, no sólo por fuera. En ellas se hunde, naufraga mi alma, suspirando por el rescate divino, perfecto y completo. Definitivo. Mi última y mayor esperanza.
¿Qué injusticia es esta, Dios mío, la que he hecho yo mismo contra Ti, yo, un vulgar criminal más? ¿A quién clamaré, sino a Ti, pidiendo y buscando perdón? Dios mío, si este mundo es corrupto y te esperamos en él, no hay manera humana de escapar de él, por más que nos escondamos en lo que llamamos y exigimos santo, sea por desesperación, por imposición, por ingenuidad o cualesquiera especies de pasión o vanidad.
Tú determinas tu propia voluntad y nosotros no la sabemos. Hemos puesto en tu boca nuestras mentiras desde el principio. Qué sacrilegio hay más grande que este, Dios mío, Padre mío, Criador de toda vida? Lo que tengo firme en mi corazón, si Tú lo has puesto ahí, es que no depende del orgullo nada de lo que tenemos por bueno, en lo que tanto insistimos vanamente, levantando fantasmas, removiendo aguas turbias.
En definitiva, huyendo de Ti. No conociéndote y no conociéndonos a nosotros mismos. O peor aún, olvidándote y olvidando que somos tus criaturas. Que somos tuyos y siempre lo seremos. Bajo tu mandato y tu poder. Esto es, bajo tu misericordia y tu sana corrección.
Hartos estamos de nuestros propios pecados y dudamos de Ti, sedientos de Ti. Muchos quedan aún, que no han sido confesados ni descubiertos. De nada sirven los alardes si la Purga no ha comenzado aún, ni tu profecía se ha cumplido del todo para siempre.
Dame valor, te suplico, porque a nadie más puedo pedir lo que todos estos me han arrebatado, sin siquiera saberlo. Pero yo te lo arrebaté a Ti primero, Señor, y no sabía lo que hacía. No quiero olvidar. Líbrame del olvido, del extravío en esta vida, si llego a verte, si llego a ser digno.
Oscuros son los extravíos de la pasión que me tientan a cada paso, que destruyen rápido a los hombres en su lento entendimiento, del que difícilmente y bajo grandes pesares y sacrificios se hacen merecedores. Pero muchos y más grandes puedes hacer Tú por tu misericordia divina, de la que el hombre no sabe ni poco ni nada, siendo su carne su propia ignorancia y la limitación de todo su conocimiento. Incluso de su espíritu, que es tu aliento, Dios mío, y a Ti retornará algún día, cuando se cumplan tus designios.
Ven pronto, Señor. Líbranos de nuestro mal. Peor es, Señor la sombra de la pasión que la de la muerte, Pues aquella viene y va, pero esta sólo detiene y viene una vez. Qué podremos darte nosotros de valor, sabiendo que somos mortales y erramos? Que te hemos dado la espalda? Que somos fugitivos y prisioneros de Ti?
Pedirte gracia para buscarte. Pedir dignidad, porque ciertamente el hombre quiere vivir con ella, parecerse a Ti, aun el más atormentado y violento de entre todos ellos. Malditas todas las amenazas de este mundo, si no vienen de Ti por justicia, directamente de Ti, descendiendo del Bien al mal para convertirlo, extinguiéndolo.
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