Trabajo
Hace tres meses que llegué a Polonia. Por mucho que quiera evitar el balance en mi mente, viene una y otra vez. Huir y perseguir son dos cosas muy diferentes, opuestas. Yo estoy huyendo, ahora, como solía hacerlo. Conozco el mecanismo, pero no lo domino.
Llegué con una especie de ilusión por empezar un trabajo estable, de forma seria. Tenía sueños más convencionales que de costumbre. No tan fantásticos. Era un nuevo intento de encajar donde casi todos parecen encajar. De donde suelo quedarme fuera.
Ha pasado el tiempo y mi juicio ha menguado. He flaqueado. Desearía que no fuese así, pero ha sucedido. Me he llevado un buen chasco. Las cosas no salen como planeamos, pero no dejamos de planear. Esperaba mucho más de mi experiencia, pero esta no ha sucedido como exigía en mi imaginación, con el mayor esfuerzo posible. Ahí, siempre está claro.
Los sueños son irracionales. Quisiera, de veras, no hablar de esta manera, pero la catarsis es una necesidad superior a mí, persistente, poderosa, y no puedo resistirme a ella. Como a mis deseos, a mis sentimientos. Son aguijones que taladran en mi interior. Son una multitud incontrolable. Así lo creo y así trato de expresarlo.
Siempre he sido tan sensible. Tener una historia es fracasar y seguir adelante. No sé por qué me voy tanto por las ramas. Sentí un pánico absurdo. Los demás tienen sus vidas normales, con sentimientos normales, exige mi imaginación. Yo callo, impotente. Acato mis propias órdenes, como el mayor esclavo. Los sentimientos son tiránicos. Nada se puede hacer contra ellos, si siempre luchamos.
Los días pasan y los planes cambian. Ya sabemos qué sentimientos hay. No habrá otros. Se repetirán. Siempre son iguales. Somos un misterio, en medio de ellos. Y puedo hablar todo lo que quiera. No va a pasar nada nuevo. No reto a nadie. No espero nada de nadie. Quiero desahogarme. Este es un buen sitio para hacerlo. Necesito mi equilibrio. Lo necesito.
Paso por encima de esta siuación. Ladro como el que come, vorazmente, sin guardarme nada. Para qué? Nada nuevo sabré del destino mañana. Todo es lo mismo de siempre. Quiero consolarme en nuestro derrotismo. Quiero disfrutar de las treguas que conozco hasta el final. Y quiero huir de aquí de nuevo, muy lejos, aceptar de una vez que soy inestable. Que no soy mismo. Que no hay un yo mismo.
Si pudiera aceptar esto, creo que podría ser libre. Dejar el yo. Aceptar que no existe, que sólo es una ilusión. No sufrir por él. No pensar más en él. Pero así sería demasiado fácil y siempre caigo, como los demás. Porque nosotros caemos, los humanos. Siempre caemos, a la espada de nuestros deseos.
Y seguiremos siendo apasionados, ansiosos, inconstantes. Lo seguiremos siendo y nada podremos hacer por evitarlo, ni por anularlo. Es una realidad. El dolor que sentimos existe. Un dolor psicológico por no hallarnos en el mundo, porque rara vez nos diferenciamos gratamente. Raramente alardeamos de felicidad, convencidos.
Y esto tiene razón de ser. Simplemente, nos preocupamos todo el tiempo. Entre pensar y no pensar, siempre elegimos pensar. No podemos detener los pensamientos. Nunca se detienen. Es la primera fuerza. Esto no se va a acabar, no como nosotros. Y seguiremos sufriendo, durante mucho tiempo, y vale más que lo asumamos pronto, porque no hay descanso en la pasión de los deseos.
No hay descanso en nosotros. Menos descanso psicológicos. Luchamos contra sombras y fantasmas en la situación más tranquila. Y por eso somos una especie de guerra absurda para nosotros mismos. Porque nos convertimos en obstáculo imposible, en trampa, en una mezcla informe de sentimientos. Como una quimera.
Mejor desahogarme por aquí. Para sobrevivir por dentro. Mejor no hacer mucho caso a los demás. Porque ya sé cuánto podemos mentir por desesperación. Y no nos culpo. Necesitamos ocupaciones. Necesitamos que absorban el máximo de nuestras fuerzas, para sufrir tanto de inquietud en la quietud. Debe ser eso. Así me parece.
He aquí un trozo de mi lucha. Hoy necesitaba desahogarme. No me disculpo por lo que surge salvajemente de mi alma. Ojalá fuera mejor, pero no es así. Soy un hombre atormentado. No he llegado a mi edad con sueños ideales, con aspiraciones óptimas. No. He llegado aquí con el mismo desgaste que todos los seres humanos. La sabiduría no es fácil, pero no puede asumirse. Hay que sufrirlo. Hay que pasar por ello, y sentirlo en lo profundo de nuestro corazón.
No quiero dar cuenta de mis palabras. No quiero justificarme y no quiero que esto parezca lo que no es. Sé tan poco como el que menos sabe. Quisiera estar más tranquilo, como cualquier otro. Yo también busco la paz. No la paz que parecemos compartir. La paz del espíritu. Y esta es un verdadero misterio, hasta donde he podido averiguar. Que es poco.
He intentado explicarme muchas veces, hasta que me perdía de nuevo. Como una materia muerta que no se opone a la naturaleza. Por qué estos arrebatos tan extraños? estos círculos de espinas invisibles por dentro, rodando sin cesar? Pareciera que son de fuego, que nunca nos dejan descansar. Estoy exagerando y siendo metafórico.
Hablo de mis manías, mis miedos, mis traumas, mis obsesiones. De eso hablo. Cada día me preocupo por las mismas cuestiones. Por no encontrar el modo de vivir mejor. Vivir con esto en mi interior. La carga de la que no podemos deshacernos. Es parte de nuestra carga, de lo que somos. No sé lo que puede cambiar un discurso, pero me encantan. Por qué ocultarlo? Qué importa si otros han sido más sagaces, más brillantes, más admirados? Este soy yo. Este es mi corazón. Con todo mi amor lo doy, porque me obliga la pasión. Y quiero lo mismo que los mejores mortales. Porque su excelencia no les hace diferentes a mí, sino más parecidos.
Y no debo avergonzarme de llorar y de sufrir. Porque mientras sufra mi corazón, buscará reposo. De eso estoy seguro. Y no he perdido la fe del todo. No he podido rendirme completamente. Mientras aulle, tendré aire en mis pulmones. No me habré extinguido. No habré dejado mis sueños del todo. Ni renunciaré a la belleza de la humanidad, a pesar de nuestras múltiples y abundantes monstruosidades.
Se ha acabado todo. Deja que suceda de nuevo. No se repetirá nada que no conozcas ya. Se paciente con tus engaños. No persigas tus propias quimeras, ni huyas de ellas. Guíate con el sentido común que se escapa de ti y de los otros. Porque todos fingimos. Aunque te olvides o lo dudes. No hay nadie perfecto ahí fuera. Ni lo habrá. No encontrarás lo absoluto hoy. Te lo aseguro. Estarás igual de amenazado y asombrado por ello que todos antes que tú. Que todos en este momento.
Solemos hablar de la vida como si hubiera acabado. Como si ya hubiéramos vivido. Pero seguimos viviendo. La vida sigue. No hemos terminado. Por eso escribo estas líneas con algo de regocijo y una expectativa aceptable para mí. Porque es una labor menos injusta, a mis ojos. Aunque no sea perfecta. Ni lo vaya a ser nunca. Es un juicio que intenta ser honesto. Porque no podemos aspirar a nada más. Tal vez sólo soy yo, el que no quiere. Al que esto nada le cuesta y lo necesita.
Soy extraño entre mis semejantes, pero no soy tan especial. Tengo que acostumbrarme a vivir así. Esto es lo más parecido a la tregua de lo que conozco. De las experiencias que han impactado contra mi vida, mezclándose conmigo, sea quien sea. Tengo que aprender a vivir con ello. Porque mi vida no ha terminado y no importa cuánto haya confiado en mis anteriores influencias, realmente. Sólo existe este momento. Sin este momento, no habría nada. Y la imaginación siempre producirá monstruos que no comprendemos, mientras no conozcamos su fantagórico misterio, por qué es más rápida que nosotros. Por qué siempre nos atrapa. Por qué nos hace sentir tan solos y desesperados pronto, una y otra vez, mientras vivimos.
Esto lo creo con franqueza, y en ningún lugar puedo ocultarme de mi interior, porque existe, y no es pacífico. Mis pensamientos se suceden accidentados. Mi vida no fue mi plan. Lo digo sinceramente. Fue una mezcla agridulce de cotidianidades excesivas. Me llevaron de un lado a otro sin saber bien quién era realmente. Hoy tampoco lo sé y sigo adelante. Es un misterio este motor que me impulsa.
No estoy fuera del mundo. No voy a caerme de él, y ojalá no pierda la sensatez en los años que me quedan de vida. Porque, como he dicho, no he perdido la fe en la felicidad. Necesito luchar por ella, por la esperanza. Sin ella, no viviríamos. Todo está orientado a la esperanza en nosotros. Dentro y fuera. En cualquier parte. No hemos elegido la verdad. No sabemos lo que es. No renunciemos a su abrazo en esta breve existencia que nos une con lazos dolorosos, pero suaves, al fin y al cabo. Finalmente suaves. Porque las guerras más cruentas también terminan, en algún momento.
Comentarios
Publicar un comentario