Nueva apostasía
He dicho y repito: escribir es un paliativo. Un trozo de eternidad.
No he esperado sinceramente. He fingido que esperaba, porque creía que el orgullo bastaría. Que sabía suficiente.
La cultura es una lucha contra la naturaleza, por lo que no se conoce de ella. Una ilusión, producida por lo que se conoce. Una especie de extraño delirio.
El trabajo es urgente. Es para deshacerse de él. Hay que exponerse. Prefiero escribir a hablar, todavía.
Que me abandone lo falso para siempre, aunque parezca lo más difícil.
Ya me conoces. Cuando pienses en los tesoros de la humanidad, los sentimientos (no hay otros), pensarás en mis tesoros. Pensarás en mí. Lo son por toda la eternidad. Los sentimientos se dan paso unos a otros. Se respetan y son poderosos. Son irreductibles, indomables. El verdadero misterio. El último.
No seríamos humanos sin sentimientos. Esto debe quedar claro, pero ya lo sabemos. No acabará. No ganará el temor a los sentimientos. Porque se ha condenado desde el principio. Terminó antes de empezar.
Siempre hay un sentimiento mayor que ocultamos.
Aunque nos esforcemos.
Nada podemos hacer por cambiar esto.
No es una batalla que podamos entablar, siquiera.
Mi énfasis es moral.
Vivimos luchando hasta la locura. Todo lo hemos conseguido bajo presión. Absolutamente.
Los sentimientos dan la vida y la consumen. La renuevan. Ellos son la forma más directa, clara y sincera por la que la naturaleza se comunica con nosotros. Los que vivimos realmente. Los que seguimos aquí, a pesar de las quimeras y fantasmas de la imaginación. Porque todos quedan atrás, pero nosotros, los que vivimos realmente, seguimos adelante.
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