El olor de la tranquilidad


En esta época violenta de mi espíritu, aún queda un pequeño o gran espacio para los primeros recuerdos. Estoy marcado de por vida. Uno de ellos, de los más especiales, es el olor de la casa de Tetete. Tetete es el sobrenombre que mi hermano le puso a la prima de mi madre. Ella nos cuidaba a veces, cuando éramos pequeños. 

Es una persona muy cariñosa que se dedica a la educación infantil. Era el hada madrina de Daniel, y su madrina oficial. Recuerdo con mucha claridad las mañanas al despertarme y el olor de las sábanas, mientras la luz entraba con su perfección y quietud serena por la ventana. Solía soñar mucho allí. Al principio, jugaba en cualquier parte. No sé si esto ha cambiado, pero no quiero que sea así. 

La casa es muy blanca. Tiene un patio central, como muchas casas antiguas de Telde. Es una casa grande. El olor siempre está ahí, como el alma en un cuerpo, lleno de recuerdos. Tetete y Carmen son personas muy limpias y escrupulosas, pero yo lo agradezco. Si existe un cielo para mí, tal vez su olor se parezca mucho a la casa de Tetete. Amaba los peluches que me regaló, porque me ayudaban a reafirmar lo que imitaba y admiraba en mis fantasías. Quería ser el niño más soñador de todos. Aún quiero serlo. 

Allí había mucha vida para mí. En su casa solía ver muchos dibujos, jugar con muñecos y dibujar. Siempre jugaba solo. Dani hacía otras cosas o no estaba; en casa sí jugábamos a veces o veíamos la televisión. Adela preparaba unas comidas espectaculares. Era nuestra tercera abuela. A veces era muy severa, pero nosotros tampoco éramos santos. A todos nos sacude la vibración de la vida humana, porque nos atraviesa en cada momento. 

En el principio no importa tanto el fingimiento, porque eso viene después, cuando nos enseñan a mentir. En esa casa conocí la virtud de la limpieza. Me paseaba por ella como un príncipe en su palacio. Soñaba a menudo en los dibujos que veía, los videocuentos infantiles, el Lago de los Cisnes, películas de Disney... Las veía muchas veces. Lo recuerdo con tanto amor y claridad. Son la misma cosa. Estoy seguro. 

Mi conversación con ellas era a distancia. Siempre he sido muy distraído. Nunca he estado exactamente donde parecía estar, porque mi mente estaba en otra parte. En mis sueños y en lo desconocido, siempre escrutando, apartándose de lo superfluo y vulgar (o lo que a mí me lo parecía). A veces, mis impulsos me han jugado malas pasadas, pero todos tenemos que equivocarnos. Los errores no acaban mientras vivimos, aunque no queramos tenerlos delante o hacerles caso. Se acumulan y se alejan, hasta que se detienen. 

A veces lloraba y otras reía, pero sólo era importante para mí. Luego se me pasaba y la vida seguía. Nadie me ha maltratado. Sólo su tormento llegaba hasta mí o me salpicaba, su delirio transitorio (porque somos nuestra debilidad). Pero no he conocido heridas incurables. Todo lo que parecía quedó atrás. Fui muy feliz en esa casa. Como en la casa de Tinona, ahí está una parte de todo mi ser para siempre. 

Recuerdo que, a veces, ellas salían a comprar o a pasear. Llevaban el coche y era agradable, vivaracho. Hablaban de vaguedades, pero a mí me gustaba. Era tolerable e interesante. Los perfumes, lo flotante, la juventud, el humor... Rellenaban los momentos de familiaridad y naturalidad humana. Otras, íbamos al parque de Pinocho y yo me columpiaba o corría. Solía ser por la tarde. La vida se ríe por todas partes. No nos hagáis caso cuando intentemos amargaros. No importa lo que se diga. El corazón no miente. 

El lenguaje de Tetete es un lenguaje lleno de ternura e imaginación. Adora contar sus historias con pasión infantil. Supongo que por eso se dedica a la educación de los niños. Es un trabajo ideal para ella. La quiero mucho. Mi familia siempre ha estado conmigo. En mi corazón, lo ocupan casi todo. Ahora me doy cuenta. Esta casa era el Siglo de las Luces. La de Tinona era barroca.  

Cuando voy a su casa de nuevo, ahora es diferente. El tiempo me ha empujado a lo nuevo sin preguntarme, sin vacilar, muy pronto. En esta nueva etapa, veo muchas imperfecciones que no conocía y me decepcionan, no las entiendo. Intento resistirme todo lo que puedo a ellas, conservar la pureza de mis primeros recuerdos. Si la inocencia no está en ellos, dónde puede estar? 

Ese podría ser un pequeño resumen de lo que me evoca este lugar. No quería ocupar la postura que me ha tocado, porque no la conocía. Intento respetar el protocolo, pero me asquea y me genera ansiedad. Lo que deseo ahora es extenderme todo lo posible hacia lo recóndito, como la luz a la oscuridad, por si encuentro de nuevo algo parecido a lo primigenio para mí: esos recuerdos infantiles y hermosos, delicias y sensaciones que acarician y susurran a mi mente que envejece y pasa. Tengo eso, al menos, seguro en mi corazón, por un tiempo. 

No tengo la menor idea de lo que pasará, ni cómo cambiará el tiempo lo que siempre cambia. Eso lo sabe Dios. Es su secreto y yo no soy esencial. Lo entrego todo y no es suficiente. No es todo. Admito que a veces me siento dolido y engañado por mí mismo, que no puedo aceptarlo. No elegí mi infancia. Tuve una suerte que muchos no tuvieron, pero confieso que ahora no me parece bastante.

La melancolía sella o retiene mi corazón. Gotea llanto casi inmóvil, como la muerte. Ángeles tapan mis ojos, esperando que pase algo que no debo ver. Esperan algo que yo ignoro. Me cuesta más colmarme que antes. Tengo que luchar más para eso, pero la lucha no termina. No puedo terminar nuestra lucha. Esa es la verdad. Aquí está un trozo esquiva de mi alma, por si sirve de algo. En este caso, he pretendido que pareciera lo que es. Lo que es para mí. 

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