Testimonio


Tarde conocí las cosas que más estimo en vida. No he dejado de meditar, pero siento que mi esperanza ha llegado a un punto muerto. No conoce su siguiente revolución. Tarde he conocido el principio, apenas la insinuación, de la verdadera sabiduría. 

El mundo está infectado de ignorancia, como de un virus mortal y he tenido la milagrosa suerte de conocer la luz de la razón, que viene del corazón. Muchos han sido mis tropiezos, incontables, indescriptibles, y las manchas de mi pasado son mi pasado mismo. 

No siendo divino, creo en la naturaleza divina con una severidad y devoción que se escapa a mi entendimiento y a mi conocimiento. Temo a esta divinidad, pero mayor es mi admiración por ella, cuando me lo permite, fugazmente, la luz de mi entendimiento. Para qué sirve la luz, sino para alumbrar? Y cuál es la luz que alumbra, sino la verdadera? 

No esperaba que llegaría a odiar y despreciar con tanta sinceridad nuestras discordias, excesos y temores absurdos. Ahora sé que vienen de una especie de ignorancia insistente, apegada a nuestra naturaleza humana, limitada, mortal e insidiosa. 

Sería sumamente fácil anular la lucha y aceptar el desprecio del mundo, de este mundo, pues ahora sé lo que me encontraré hasta mi muerte: una burla vana e incómoda, prácticamente insoportable que debo tolerar para sobrevivir. 

Me ha costado mucho tiempo entender que debo convivir, en primer lugar, con la división de mi ser en mi interior. Conteniendo dos imágenes opuestas, la mente funciona. Así existe, como proceso dialéctico. En nuestro caso, es consciente, pero está esencialmente afectada, corrupta por la pasión. 

Esto es lo que me hace amar la divinidad, nuestra iniquidad, nuestro persistente tropiezo. Al conocer que es otra regularidad natural de este mundo aparente y engañoso, mi amor por esta divinidad verdadera, esencial y eterna, innombrable, aumenta en la medida de mis posibilidades y rellena mis deseos con una serenidad completamente inhumana. Actualmente, es lo que más me tranquiliza, porque sé que es real y no necesito nada más. Por decirlo así, esta Luz alumbra lo que las demás no pueden. 

Hablaba de mis fallos y no puedo más que avergonzarme por ellos, una y otra vez, huir y ocultarlos, pero siguen ahí, como la marca imborrable de la sangre, la sangre mortal, humana, soberbia, la carne de vanidad que envuelve nuestros ojos y corazones ávidos, dispuestos a lo peor y no a lo mejor, sabiéndolo o no sabiéndolo. 

Lo que me ha hecho llegar a estar orgulloso de pertenecer a la raza humana a mi edad es un número extremadamente escaso de mentes privilegiadas, discretas, eficaces y genuinas. Hoy, siento que no he conocido a ninguna de ellas, personalmente. Apenas, algunas insinuaciones, destellos que, perfectamente, pudieran ser aspiraciones de mis deseos mundanos de entonces. 

Cansino me parece aclarar que no busco emitir un discurso triunfalista, en mi situación, siendo aún, tan pobre de espíritu. Pero no soy el peor. Eso ahora lo sé, y de nada sirve ocultarlo. Parece que, quiera o no, desee quererlo o no, es necesario que use mi entendimiento para el bien, para aceptar la verdad. 

A ello estoy dispuesto y me entrego gustoso. Mucho hay que hacer para completar esta tarea y no quiero volver sobre mis pasos, sino más bien seguir adelante. El trabajo comienza en el interior, en el dominio de sí mismo. Esto me lo enseñó mi maestro. Luego, conviene rodearse de los amigos y fieles seguidores. Esto es primordial para el enriquecimiento y desarrollo natural y armónico de nuestra alma. 

Respecto a las manchas que me queda padecer hasta el fin de mis días, me gustaría decir que no busco enaltecerlas, ni mucho menos hacerlo en los demás, porque sentiría que, literalmente, violase, traicionase o destruyese una parte de mí mismo, de mi verdadera esencia, si es que resulta ser la que he creído conocer y no otra absolutamente ajena. 

Deseo servir a la verdad y me enorgullece que sea un pensamiento romántico y apasionado. Me enorgullece que sea un pensamiento poético, idealista y noble, que busque la perfección de la inocencia inalterable. Porque el que busca, encuentra, y al que pide, se le da. 

La incierta época en la que me ha tocado convivir me parece esencialmente desagradable y controvertida, especialmente impía. No por la satisfacción material, sino más bien por su bárbaro desperdicio. Tengo que confesar que siento un desprecio irresistible hacia la mayoría de los seres humanos por esta cuestión, ya que soy consciente, por una razón exenta de mérito intelectual, de que es mucho más fácil ser malo que ser bueno. Pero es que, además, parece que es rentable, como se dijo en aquella abominable película sobre el banquero ladrón y déspota. 

No sé lo que puedo hacer yo, un ser tan insignificante e ignorado en una sociedad que ni le conoce ni le valora, pero lo que me gustaría intentar, si pudiere, es contribuir a la antítesis de esta vorágine absurda de maldad e indecencia y favorecer al sentido común, la mesura, el orden y, en lo que respecta a los seres humanos de verdadera estima, más aún, al honor, la dignidad y la buena reputación, si es que estas cuestiones siguen significando algo, más allá del sentimentalismo de mis escasos aliados. Demostrar una vez más, en una palabra, cuál es la verdadera causa perdida, pero hacerlo con todo el corazón. 

El sentido de la vida es la verdad, y es el único. No puedo traicionar mis principios y no he hecho más que conocerlos mejor. Me considero platónico y amante del conocimiento y la sabiduría. Así es como quiero servir a la racionalidad y al oscuro imperio de la pasión para con todos nosotros, porque creo que es lo justo y lo bueno, si bien, acepto que no domino estas profundísimas cuestiones, que tanto nos conciernen a los que nos preocupamos por la verdad y por nuestro papel en su orden y desarrollo. 

Este es mi servicio y en él seguiré todo el tiempo que me lo permitan mis fuerzas, mi entusiasmo y mi fe. Así quiero permanecer cada día de mi vida, para poder despertar o alimentar en otros el amor por el conocimiento y por la verdad, porque considero, como he dicho, que es la senda correcta de los seres vivientes más privilegiados de los que tenemos noción, que son los seres humanos. 

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