El fondo


Mi abuela se está muriendo. Hace mucho tiempo que está enferma. Ha ido empeorando y algún día expirará. No queremos ver el futuro. Queremos ver un futuro agradable, favorecedor. Vemos el futuro todos los días y miramos para otro lado. Lo vemos en la vejez y la muerte. Ni siquiera la religión está exenta de soberbia y de hedonismo, por más que me pese decirlo. 

Mi abuela vivió casi toda su vida en la misma casa. Allí fue a vivir mi padre cuando se separó de mi madre y mi hermano y yo pasamos gran parte de nuestra infancia. Era un lugar mágico para mí. Bastaba muy poco para satisfacerme y hacerme soñar. Lo que siento ahora es la melancolía de lo ausente, la impotencia de saber que algo fue real, pero que es irrecuperable. Sólo podemos darnos cuenta cuando ya es tarde. 

Los más pesimistas también querían salvarse, pero estaban más desesperados. Ladramos a lo desconocido, como los perros. En la casa, había una habitación al fondo, donde habían muchos libros y juguetes. Siempre la llamábamos el fondo. En los primeros años, mis primos y yo jugábamos allí. También jugábamos mi padre, mi hermano y yo. Lo pasábamos realmente bien. 

Hay resquicios de imágenes que no se me van de la cabeza. No están claros. Están como envueltos por un sueño dorado. Parecen recuerdos evanescentes, casi irreales, pero sucedieron. A menudo, siento que todo ha pasado demasiado rápido para ser verdad, que no retenemos nada. Si pudiéramos, no lo haríamos, de todas formas. El hombre no existe sin su sincera expresión. 

La casa era antigua y debía contener espíritus que nunca conocí. Sólo de forma muy lejana y misteriosa. La abuela era el ama de la casa y creo que amaba estar allí. Al principio era muy diferente. Con el tiempo, las cosas se vuelven irreconocibles, pero duran más de lo que podemos sospechar. 

Ella era una mujer cariñosa. Lo que pienso ahora de ella me duele, porque siento que atenta contra lo que luchó por ser, con todo su corazón. Se condenó sola, se abandonó. Eligió mal su cruz. No lo hacemos todos? El miedo es todo lo que nos aprisiona. Al principio nos reímos. Luego, lloramos. Siempre es igual. 

Ahora pienso en la desgracia de su vida y queda más patente mi ignorancia de sus placeres. Fue una mujer de familia toda su vida, entregada, trabajadora. Cuando nacimos mi hermano y yo, nos protegió con un cariño maternal muy especial. 

Hay algo extraño en lo que se transmite en nosotros desde la infancia, como una especie de sabiduría indescriptible, la de las épocas, la inconsciencia de la que surge todo lo posterior, lo inferior, lo que se pierde y se oculta en el tiempo. 

La abuela tenía una relación muy especial conmigo, de la que sólo quedan fantasmas desagradables, casi imposibles. Solía rezar conmigo cada noche, cuando nos quedábamos los fines de semana. Venía por el largo pasillo, arrastrando sus pies y se sentaba al lado de mi cama, siempre sonriente. 

"Cuatro esquinitas tiene mi cama y cuatro angelitos que me la guardan..."

No sé cómo superar esos preciosos recuerdos, irrecuperables, invencibles... Porque sé que me superan a mí mismo, a todo lo que soy y lo que quiero ser, porque no soy mejor de lo que he recibido ni nunca lo seré. Me siento en deuda con ella, pero ya está muy lejos de mí. 

Hay muchas cosas que no sabré de ella. Qué sentía realmente respecto a tantas cuestiones de la vida. A mí me basta con imaginarlo... Pero admito que me equivoco. En la simplificación, en la especulación está el error. Nos alejamos de lo esencial y divagamos hasta lo superfluo. 

Ella era una mujer miedosa y supersticiosa. Ahora, creo que lo era más de lo que sospechaba. Se amargaba por cualquier cosa. Se echó cargas encima que acabaron con ella poco a poco. Uno cree que se libra de esas cosas hasta que llegan. No advierte su peligro hasta que ya le han poseído. 

No se cuidó como debía. No tomó las mejores decisiones para sí misma. Los parásitos, los débiles, sacaron de ella la vida que no merecían y no sirvió de nada, igualmente. Mi padre, mi abuelo, se portaron muy mal con ella. Mis tíos la abandonaron. No es justo. No cambia nada que lo diga ahora. Ya es tarde. 

Ella quiso ser una señora. Vivió de su imagen. Quiso ser especial para los demás, pero guardaba demasiados demonios en su interior. Cómo pudo sonreírme tanto? Qué consuelo era para ella, que siempre me protegió con esa ternura, ese amor infantil, que es invencible durante toda la vida? A eso llamamos pasión. Son las ganas de protegernos en los demás, de excusarnos en ellos. De transmitirles algo que no podemos contener por más tiempo. 

Mi padre se parecía mucho a ella. Los dos nacieron para sufrir. No creo que escape a su maldición. Ya me siento extraño por parecer tan diferente ahora y no dejo de pensar en ello, nuestra tendencia a la depresión y a la obsesión, el devenir de la vida ordinaria, la tardanza de la justicia, la terrible pereza y soberbia humanas, cómplices inseparables, la vanidad de los peores y los mejores, todos iguales. 

Era rutinaria, como cualquier persona. Amaba hacer las cosas bien, ordenadamente. Me cuidó como una madre y yo ya no puedo volver atrás. Era revoltoso y juguetón. Siempre hurgaba en sus cosas. A veces, me despertaba de madrugada y pretendía ver la televisión, pero ella me espetaba y yo volvía corriendo a mi cama. Son momentos que ahora me parecen totalmente oníricos. 

No aceptó la vida tal y como era, tal vez nunca, pero la vida acabó con ella de todas formas. Pasé una y otra vez por su casa, con muchas compañías, viendo cómo se degeneraba poco a poco, lentamente, porque el tiempo tiene un sólo ritmo para todo. No podemos verlo. Sólo vemos nuestra propia ignorancia y sus monstruos burlones, sin vida. Luego pasan y nosotros nos arrepentimos por algo superior a nosotros. El hombre y lo que procede de él es inferior a la Naturaleza.  

Sus miradas, llenas de súplicas y de recuerdos incontenibles, me atravesaban, cada vez que volvía. Hablo de ella como si ya no estuviera, porque, de alguna forma, ya no está. Las cosas no han salido como esperaba y no pasará. Son diferentes, más profundas y extrañas, pero sobre todo, más cotidianas. Estamos envueltos en mentiras y en heridas incurables. Así somos. Así hacemos a los que vienen detrás, porque transmitimos nuestro dulce veneno, del que cuesta tanto liberarse, tan tarde, con el paso del tiempo. 

Me siento extraño por haberla perdido. Una parte de ella sigue en mí. No sólo en mis recuerdos. También en mi sangre y en mi alma. Ahora, que siento cerca descubrimientos que no me pertenecen, veo el pasado como un conjunto de tropiezos que no deberían haber existido. Pero existieron. Fue un error maravilloso y no he desaparecido. Crece el tiempo en mis partículas, como una esencia indestructible. El poder es el motor de la verdad. Pero mis sueños no me han abandonado. No sé quién soy, pero no soy quien creía ser. 

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