La visita
Hoy he ido a ver a mi padre. Hacía mucho tiempo que no quedábamos para vernos. No sabía cómo sería, pero, como siempre, tenía ideas previas que casi lo ocupaban todo. No era posible y surgió un momento completamente nuevo.
Mi padre tiene 58 años. Vive frente a Las Canteras, en un piso muy pequeño él solo. Hoy le he visto más vulnerable que en toda mi vida. Me alegré mucho de poder compartir un día con él, después de todo lo que he sentido en mi soledad. Me gustó compartir con él mis pensamientos profundos, mis sentimientos.
Aseguro que no hubiese podido adivinar un día como este. Cuando era pequeño, no veía el amor escondido que producía tanta confusión, en cualquier parte, en la televisión, en el colegio, en casa. Aún no sabía que todos eran, simplemente, tan imperfectos e incompletos como yo. No sabía que lo único que nos completa es la sinceridad.
Lo que pienso realmente es que no tengo un solo motivo en el que crea para odiar a nadie. Hoy, el mundo me parece estar lleno de inteligencia, bondad y confusión, todas creativas, simultaneas, inocentes, fugaces...
Mi padre no paró de hablar en toda la tarde. Valoraba mi atención, mis detalles. Podía notarlo en cada palabra que decía, en cada gesto. No era él, en sí mismo, lo que importaba, sino cómo me sentía, cómo me hacía sentir.
Me hizo darme cuenta de algo que necesitaba, algo que había olvidado o que no quería reconocer: que la vida real no es una teoría radical. Vi cada simple y entrañable detalle de su existencia material, como tantas otras veces. Me desengañé de mi torpe mortificación. Vi en él el milagro de existir, de que tanto él como yo, entramos en la existencia viniendo de la nada, del misterio del Amor, que es la verdad. De ahí vinimos y nos encontramos aquí. Coincidimos, aún nos estamos conociendo, después de tantos años.
Estoy más orgulloso de él que antes, porque le exijo menos. No sabría cómo saldría esta entrada. Quería escribir en ella, con sinceridad, lo mejor que pudiera, lo que sentí esta tarde. Sentí una paz profunda, familiar, en el sentido literal de la palabra, sentí la poesía de la realidad, cómo de un plumazo mis paradojas se esfumaban en mi cabeza.
El apartamento está lleno de fotos. En muchas salgo con mi hermano y con él. En otras, sale con amigos y familiares. Mi padre. El que me dio la sangre, el ser, sin saberlo, siquiera, sin saber cómo sería. Ahora, busca mi amor y reconocimiento, mi respeto, solo en el mundo, herido, como todos nosotros. Mi padre me quiere.
No era demasiado tarde para los dos. Le miré con ternura todo el tiempo. Ahora, sé que no podía entenderme cuando sufría por su amor, porque no me escuchaba, no veía mi sufrimiento, no quería verlo. Huía de él. Ahora, no tiene otra cosa y se ha convertido en amor para los dos.
Hablamos de la vida, de nuestros conocidos, de viejos y nuevos tiempos, de cualquier cosa que nos hiciera reír o reflexionar. Hablé mucho, con seguridad, orgulloso de mi sabiduría. Pero la verdadera sabiduría es la que no deja de crecer. Aún no soy capaz de explicar cómo he tenido tanta suerte, pero hoy ha sido uno de los mejores días que recuerdo.
Esta vida es más fácil de lo que nos atrevemos a reconocer. Tenemos miedo. Es normal. Por eso ladramos y huimos. Pero no podemos huir de nuestro corazón, ni de quien lo comparte y lo llena. La familia, los amigos, los amantes, los ídolos. De qué está hecho un corazón, sino de esas pequeñas y maravillosas imperfecciones?
Algún día, alguien leerá esto con un cariño parecido al que yo sentí por mi padre hoy. Fue real. Esta vida es real ahora, aunque tengamos miedo y sea su parte más veraz. No tengamos miedo del miedo. Es lo que nos separa de un amor más sincero y sencillo. Los problemas desaparecen por su propio peso. Se convierten en soluciones.
Ni siquiera pude prestar atención a lo que decía. Sólo veía el amor que buscaba y que había perdido, pero sé que, en su corazón, está tan perdido como yo. Esto va más allá de la familia o los amigos. Está en lo más profundo de nosotros y nos une estrechamente más que nada. Veo a mi padre, al mundo, a todos más unidos que nunca y me siento tranquilo por ello.
No voy a hacer nada mejor que Dios y no sé nada de Él. Sé que me equivoco mucho, que aún vivo y tengo miedo. Sé que mis decisiones no son absolutas en el tiempo. Sólo pasan como son ahora. Aún me avergüenzan mis atrevimientos. Es porque soy joven e inexperto. Quizá, si fuese suficientemente sabio, preferiría seguir así para poder mejorar en la moralidad.
Estoy aprendiendo, pero no sé qué aprendo. No sé que es vivir, en realidad. Pasa la vida como si todo fuese cada vez más útil y su abundancia nos anulase por completo. Así me siento, ética y estéticamente, abrumado, indiferente al espontáneo autoconocimiento del mundo. No hay misterios en nuestra razón o nuestra pasión. Los huecos no tardan en llenarse. Pasamos de largo y todo sigue igual. La ciencia y el arte son eternas. Nosotros morimos en paz, a pesar de nuestros pecados.
Comentarios
Publicar un comentario