Primer amor


En algún momento, los ojos de mi madre se cruzaron con los míos, por primera vez. Fue el principio de la naturalidad. Después, todo fue cada vez más fácil. Me gusta pensar que toda mi supuesta bondad no es más que gracias a ella. Detesto darme importancia, porque me siento un falso y me avergüenza. Su matrimonio no salió bien y nos crió con todo el amor que pudo. 

Han pasado muchos años desde mi infancia. Es más mayor y todas las familias del mundo son iguales, en lo esencial. Cada vez que nos enfrentamos, olvido lo más importante de todo. Nada en mi vida hubiera sido igual, tan bueno, si no hubiera sido gracias a su sacrificio. Podría decir que su moralidad no le permitía ser diferente o cualquier excusa barata para no darle la importancia que merece. Creo que no me sentaría bien. 

Yo no hubiese sido mejor padre que ella. Mi hermano y yo fuimos una carga difícil de llevar. Tardamos mucho en crecer. Estaba sola. En la belleza de mi infancia, no pude ver el dolor que arrastraba, pero para mí tuvo siempre una sonrisa, una caricia. No imagino una madre mejor que ella, aunque ahora no lo pueda ver. Ya soy adulto. Mis ojos están demasiado sucios y gastados. 

La culpo del paso del tiempo, pero ni ella ni yo sabemos por qué existe, por qué sucede. Aún tiene amor para mí y no soy justo con ella. No pienso lo bueno, sino lo malo. Es lo que alimento, lo que intento usar para protegerme y para vengarme. Odio la necesidad de la guerra hasta en lo más pequeño. Ella me dio la vida, sin saber cómo sería. Podía haber sufrido muchísimo más, si no le hubiera importado tanto. 

Resulta que no fue así. Mi vida está asentada en su cariño. Mi moralidad es su sacrificio. Los problemas que he podido afrontar, problemas de todos los días, tienen como raíz su amor desinteresado y sincero. Puede que esté exagerando, que quiera exagerar, pero siento que sin ella no tengo nada. Nadie ha estado más cerca de mí. Lo sigue estando. 

Espero cambios en la vida y ella es la misma. Soy duro porque siento que debo serlo, pero a lo mejor estoy equivocado. Ella sabe que todas mis ambiciones son vanas y que sólo importa el amor a la familia. Creo que yo no puedo verlo así. La he utilizado, aunque me preocupase por ella. He intentado ser mejor y no he podido. He tenido la vida que me ha tocado. 

Hemos peleado mucho. Nuestra convivencia no ha sido fácil. Ahora estoy más resignado e intento ver las cosas como son, como son para mí. Es distinto de como deben ser. Eso nunca llega. Mi vida está pasando ahora, mi vida material, mis sentimientos materiales. Los mejores también tenían excusas y debilidades. Las pasiones humanas no son más que eso. 

Quería decir que el amor es lo único que vale la pena, a pesar de nuestro dolor, especialmente por él. La vida pasa en los días, meses y años que se acumulan a nuestras espaldas, pacíficamente, sin ruido, sin exageraciones. Somos nosotros los que tememos lo imposible, porque imaginamos la realidad. Eso es todo. 

Mi madre es mi protectora y mi primer amor, mi benefactora, mi ángel. Lo demás han sido quimeras que se confunden en mi pasado, tras las que sólo estaba ella, porque yo no puedo ver ni imaginar a Dios. Sólo a mi madre, aunque sea por fuera. Es una deuda de amor que no podré pagar la que tengo con ella. No me la pide y nunca podríamos darnos suficiente. Toda mi vida es un regalo de su esperanza. 

Intento recuperar sin descanso todos esos pedazos del pasado, esas experiencias mínimas, cotidianas, hogareñas, en las que sólo estábamos los dos, porque estuvimos más unidos que ella con mi hermano o con cualquier otra persona. De tanto estar juntos, hemos acabado hartos y malhumorados de nuestra compañía. Es normal. Estamos como embriagados. El roce ha desgastado lo que ha de volver a generarse por separado, porque la distancia a veces hace el cariño. Al menos, es lo que yo he podido sentir durante tantos años lejos de ella. Admito que es una debilidad indescriptible. 

Es la época en la que me ha tocado vivir. Veo que a los que les falta el amor de su madre les falta todo. Que lo último que deseamos, probablemente, en especial cuando somos jóvenes, es el amor de nuestra madre. Es tan sencillo que lo olvidamos o tratamos de sustituirlo por algo más ambicioso, pero no somos capaces. No conocemos su verdadera grandeza y poder, su influencia más profunda. Al fin y al cabo, somos ignorantes del amor que tienen por nosotros. A lo mejor, ellas también lo son, a pesar de sus intentos, mejores o peores, por demostrar sus sentimientos, las superficies de su conciencia. 

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