Graciela


Graciela era la hija de nuestra vecina en la Garita. A veces, nos cuidaba cuando mamá salía con sus amigos por la noche. Ella me duchaba, nos daba de cenar y pasaba tiempo con nosotros. Cuando era más pequeño, recuerdo que no era muy popular en nuestra pandilla porque tenía sobrepeso y su familia no tenía muchos recursos. Eran de clase media-baja.

No debió tener una vida fácil. Ella era más amable que sus padres. Quizá porque era más joven. Carlos y Juana eran de bajo nivel cultural y en ocasiones, gritaban mucho. Creo que el padre los maltrataba. Envenenó a varios perros de mi madre. Ella le odiaba. No parecía un buen hombre. También nos quedamos alguna vez en su casa. Estaba pegada a la nuestra.

Allí conocí algunos de mis clásicos de la infancia, como Aladdín o la serie de Conan, el niño del futuro. Vi Pánico en la residencia, una peli de terror mala y vieja. Sólo vi un trozo. Ella, a veces, sacaba juegos de mesa y jugábamos. Recuerdo uno de miedo, pero no era muy excitante.

Era muy amable con nosotros. Cuando tenía unos cinco o seis años, lloré porque iba a morir y se lo contaba mientras ella estaba sentada a mi lado en la cama. Después me tranquilicé. A veces, salía con nosotros por el barrio. Una vez la vi en bici cerca de la avenida. Al rato, había tenido un accidente y vino la ambulancia. Fue muy impactante. Por suerte, no fue tan grave, porque sólo fue en la rodilla, pero fue aparatoso.

Es parte de mi cultura y no suelo recordarla. Como digo, no era de las más destacadas en nuestro grupo, pero estaba allí. La última vez que la vi estaba con su madre y era más alta. Su pelo estaba teñido y le contaba a mi madre que limpiaban pisos. No sé si aún vivíamos en la Garita. Ese día estaba nublado.

No sé si le irá bien, pero es muy probable que su vida no sea ahora más fácil de lo que era entonces. Desde luego, mi vida era mucho más fácil que la suya y vivía justo a mi lado. Supongo que mis padres me querían más. Sobre todo mi madre. Su hermano parecía el más tranquilo de la familia. Recuerdo poco de él. Se dedicó a arreglar jardines y parecía más decidido que ella, pero tenía más experiencia.

Al entrar y salir de casa la vimos muchas veces, como a su familia. A veces, Juana también se quedaba con nosotros en casa. De todo aquello sólo quedan mis recuerdos. Como no sé cuánto tiempo estarán firmes, tengo miedo de que se desvanezcan y por eso los cuento aquí. Me he resistido por mucho tiempo y odio resistirme. Aunque sepa que no son imprescindibles, me apasiona contar mis experiencias. Son tan pequeñas y tan reales que superan todos mis delirios, mis fantasías.

Aún no he sido capaz de transmitir la calidad, la exactitud de un momento. No sé si seré capaz, algún día, de conformarme con lo que no puedo negar, es decir, todos los detalles de mi circunstancia. Hoy no puedo negar, por ejemplo, que la libertad y la linealidad sean una especie de espejismo o ilusión y que la circunstancia es más determinante que la especulación o la explosión combinatoria con la que identificamos el presente.

Realmente, esto para mí es muy fácil y no renunciaría a ello. No renunciaría a la vida. Si no me aceptaran como soy, no seguiría aquí. Esta es mi humilde rebeldía, mi pequeña aportación a los míos, porque habrá más como yo. Seré un puzzle incompleto para los que vengan. Nadie conoce cuánto disfruto al recordar el tiempo perdido. Por esos instantes, dejo de sufrir su pérdida porque vuelvo al principio, a la raíz del espíritu, y es como si estuviera en paz, en equilibrio, mientras sucede. Es como estar en el útero invisible de la ataraxia, aunque sea sólo unos instantes. 

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