Comienzo

Nací en Las Palmas de Gran Canaria el 19 de noviembre de 1989. Muy lejos de allí, ese año se tiraba el muro de Berlín y un señor, poco después, vaticinó torpemente lo que denominó, bajo una influencia hegeliana de primer orden, el fin de la historia. Era el principio de la mía.

Nací sano y fui muy bien cuidado y querido por mi madre. Ella se separó de mi padre apenas un año después. Ya habían tenido problemas. Según he podido saber, fue bastante difícil para ambos. Trabajó en varios sitios y yo apenas noté su ausencia, porque en aquel entonces el tiempo no pasaba igual para mí.

Todos mis recuerdos son claros como el agua. Recuerdo el orden de los sentimientos, frío y caliente, agradable y desagradable, placer y dolor. Todo está en mi pasado. Suelo recordar cada día mis mejores experiencias. Si bien lo recuerdo todo todavía (las etiquetas, las imágenes, lo que apenas pudo llegar a mí), no todo me influyó de la misma manera y pronto mi ser hizo una criba de lo que era mejor, más oportuno. Más especial.

Crecí con mi madre y mi hermano en un barrio de la costa. Allí tenía amigos y familiares cerca que me hacían pasar experiencias maravillosas. Recuerdo la luz del sol, inundando nuestro salón y toda la casa. Era una casa muy iluminada. Siempre la amé con todo mi corazón y aún recuerdo y añoro la inocencia de aquellos años, la pureza, el bien entre aquellas paredes. Apenas estaba empezando a vivir.

Fui muy feliz. Jugaba, dormía, comía. Veía mucho la televisión, los dibujos, películas. Solía venir mucha gente a casa. Al principio todo era muy acogedor. Hacíamos fiestas de cumpleaños y solíamos traer amigos. Aún no sé por qué pasa el tiempo y creo que sabemos muy poco de lo que somos en realidad. Por eso, no dejamos de recordar...

No puedo decir que mi carrera fuese meteórica, ni brillante, ni genuina. Fui un niño normal que aprovechaba lo que podía para pasarlo bien. Muy pronto empecé a desarrollar mi mundo interior en el exterior. Hablaba mucho con los adultos y fantaseaba. Me miraba muchísimo al espejo y hacía el payaso. Esto apenas ha cambiado, a pesar de los años.

Desde pequeño, pude diferenciar, sin que nadie me lo dijera, la música de las películas, el tipo de situaciones. Todo era adaptación. Sólo podemos aprender cultura. Revisaba cada detalle, una y otra vez. Me perdía en mis pensamientos. Recuerdo muchas anécdotas que no están en ningún otro rincón del universo, más que en mi cabeza.

Recuerdo el retrato de Fray Leopoldo en mi habitación. Su mirada venerable, transmitiéndome sabiduría. Ni siquiera sabía quién era y aún no lo sé bien. Un hombre que se parecía a Papa Noel. Desde pequeño agradecí el amor con sencillez. La vida es muy fácil cuando te aman. No recuerdo mucho sufrimiento.

Cada prueba fue superada, olvidada. El proceso de vida todo lo puede, después del amor. Recuerdo la amistad de mis vecinos, la comunidad, la caridad entre familias, el espíritu colectivo. Todo estaba más vivo y era más poético para mí de lo que es ahora. De eso estoy convencido.

Recuerdo lo bien que lo pasábamos jugando a la pelota, al escondite, a cualquier cosa. Todo era maravilloso para nosotros. Bastaba porque éramos nosotros mismos y no teníamos nada que esconder. No conocíamos la maldad de la mentira. Aún no nos había hecho su daño, su marca o herida mortal.

Ya no puedo pensar como antes. No espero nada del siglo, ni de la gente, ni de mis recuerdos. Espero lo que ya sé. Buscamos lo que ya hemos encontrado y el rey David tenía razón en todo, probablemente. Pero no sé si escuchamos suficiente nuestras plegarias, antes de que otro, alguien, las escuche por nosotros.

Tuve una vida especial porque no conocía la comparación. Quizá la conocía muy poco todavía. No entiendo cómo ha podido cambiar tanto mi experiencia y mis sentimientos. La vida es tan extraña. Nos deja estupefactos, a pesar de la monotonía, del sueño de la razón y de los mitos de la caverna. Cuando sabes que todo lo anterior es mentira, cómo te sientes?

La vida era muy fácil cuando el mundo sólo era algo lejano y oculto. Para mí, el mundo entonces era sólo lo que aparecía y desaparecía. Intento concentrarme en la idea, el consuelo de que para los niños de hoy tiene que ser parecido, porque son mis hermanos y hermanas, mi sangre también y están empezando a vivir. Aún no han conocido el dolor y la mentira del mundo.

Sé que soy muy melancólico pero no puedo ni quiero evitarlo. Ya no soy un niño y no sé cómo ser adulto. No sé cómo adaptarme, terminar de adaptarme a una sociedad tan brutal por dentro, porque todos estamos heridos. Por eso somos tan gruñones y tan viciosos. Porque no tenemos ni idea de lo que somos en realidad y nuestros intentos son vanos, ridículos. Desarmar no es lo mismo que hacer daño.


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