Reunión


Todos los ritos sociales son una competición. Una exhibición y una falsedad. Ha sido el cumple de un amigo y nos hemos reunido a conferenciar nuestras apetencias, a relacionarnos y olvidar nuestras imperfecciones. Muchos exhibían las heridas de su alma y apuesto a que no lo sabían. Más bien no querían darse por enterados.

No lo pasé mal, pero me sentí aislado por dentro. Se portaron bastante bien conmigo. Disimulé adaptación. Me dediqué a tocar la guitarra. A vestirme de hábitos que me pareciesen útiles, porque no quería perder el tiempo. Toqué sin ganas casi todo el día, salvo escasos instantes. Quería seguir persiguiendo esa cima inalcanzable que nos agota por dentro. No me apetecía comparecer en ese diálogo de besugos.

Me burlo de él pero soy cómplice. No puede ser de otra manera. Conocemos lo que criticamos. Si no, no lo criticaríamos, pero suele ser de otra manera. Solemos ser los agresores y no las víctimas. Los lobos con piel de cordero. Solemos ser el verdugo y no el mártir. Es tan romántico fingir. Nos gustan las intimidades y por eso las buscamos. Porque sabemos que son indivisibles. Que de ellas surge toda confusión, toda claridad. Toda debilidad. Somos entrometidos, curiosos, morbosos. Por eso insistimos en desvelar los secretos de la intimidad.

Hoy en día ya no hay intimidad. Todo el mundo quiere ser famoso por su forma de ser, pero la verdad, me cuesta cada vez más creer en un sacrificio por amor al arte, sin retribución, sin incentivo material, que es social, al fin y al cabo. Puede ser cualquier cosa. Una medalla, dinero, fama, influencia, éxito sexual, poder político. Lo que sea. No sé si se entiende bien lo que quiero decir.

Me vendieron, uno detrás de otro, sus vidas falsas. ¿Es que no sabéis que por fuera nada encaja, que sólo encaja por dentro? Pero hablamos por los codos. Mentimos como bellacos. No nos cansamos de mentir. No nos aburrimos de fingir. Es asqueroso. Y todos estamos metidos hasta el fondo en el problema. Somos el problema, pero no vamos a cambiar. Quizá esta terapia pueda ayudar en algo. Sé que ya no puedo volver atrás. Que mañana será el mismo problema. Que se lo transmitiremos a nuestros hijos.

Es muy difícil transmitir experiencia, sea cual sea. Es lo que no queremos aceptar. Nos ciega la pasión y queremos seguir creyendo en hadas, duendes, ángeles o demonios que nos solucionen los problemas. Que son problemas humanos. Psicológicos, limitados. Indiscutibles. Pero los discutimos. Buscamos vías alternativas. Nos agotamos inútilmente. Perdemos el tiempo en lo que no va a cambiar, mientras pasa la vida que no nos pertenece, como tampoco lo hacía antes. Que no podemos conquistar.

No dieron una. Ni uno de ellos me sorprendió y me pregunto dónde estarán mis hermanos, los dialécticos, los filósofos. Los que saben que están jugando, no los que fingen esta seriedad penosa a mi alrededor, mientras se desgastan como pilas de usar y tirar. No. Eso no es lo que busco. Eso no es en lo que creo. Por eso reniego de ellos, aunque me atraigan. Aunque acepte que les odie. Aunque sepa que les necesite y ese sea el verdadero y único motivo de mi odio sincero.

Es extraño, porque no es lo que pienso en todo momento. Pensaba, por ejemplo, desahogándome con mi mejor amigo, en el éxito de mis sueños, siendo payaso, profesor, escritor, luchador amateur. Esos sueños del pasado que puedan justificar tantas dudas. Tanto sufrimiento interior. Porque sólo hay sufrimiento que se acumula. El exterior pasa y no es tan significativo. Lo digo desde el desconocimiento, porque soy cómodo y déspota y no pienso disimularlo. Todos buscamos seguidores que nos acepten, por más que disimulemos.

No soy valiente, pero no quiero ser un mentiroso. La vida es otra cosa distinta de lo que fingimos. No tiene nada que ver. Al menos, no lo puedo apreciar. Ahora sigue como siempre y por lo menos he escrito algo sobre ella. Ha sido real, terapéutico. Si no, no sucedería. Me gusta sacar esta saña para que no me haga tanto daño. Sólo es eso.

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