La Garita
La Garita es un barrio de la costa. Allí me crié. Solía jugar con los vecinos al fútbol o al escondite, ir en bicicleta y en patines. Mi madre nos apuntó desde muy pequeños a un club de tenis cerca de casa. Íbamos a mediodía, en vacaciones. Recuerdo el sol intenso y los distintos profesores. Recuerdo mi tranquilidad, mi júbilo y mi llanto. Allí íbamos a la playa, en familia o con más gente. Recuerdo bien el tacto de la arena y el sabor del agua salada. Sigo viviendo muy cerca, pero no reconozco el mismo sitio. Yo tampoco soy el mismo. Hoy me gustaría ser el agua sobre una playa tranquila, respirando sobre la orilla.
Por las noches hacíamos putadas. Tocábamos timbres o cosas por el estilo. Algunos de nuestros amigos eran malas influencias. Cuando se nos caía la pelota en casa de algún vecino teníamos problemas. Recuerdo la piscina, en el mismo club de tenis, Los melones. Mamá me ponía unos manguitos o la burbuja rosa de corcho. Yo flotaba y nadaba feliz. Era otra felicidad muy distinta de la que tengo ahora. Porque no quiero aceptar que ya no sea felicidad. He crecido demasiado y no sé por qué.
La casa era maravillosa. Cuando nos fuimos la eché mucho de menos, no lo malo sino lo bueno. ¿Qué se puede echar de menos, sino eso? La casa no era muy grande, pero es el lugar más acogedor que puedan imaginarse. La luz entraba casi por cualquier habitación. Era una casa llena de vida e infancia. ¿Por qué tiene que pasar el tiempo?
Mamá veía mucho la televisión, como ahora, y yo solía jugar a los juguetes solo o en compañía. Creo que nunca he tenido problemas con la riqueza de mi mundo interior, pero a veces sí me ha costado transmitirlo, hacer que creyeran en él. Como ahora. No sabéis cuánto me cuesta. Quiero seguir intentándolo.
Allí vi muchísimas películas. Las primeras. Recientemente, he decidido hacer un recuento de todas las que he visto. Una de mis peores obsesiones es el miedo a olvidar demasiado pronto, a olvidarlo todo. Realmente no veo las cosas como antes y temo que me desanimaré, que no le encontraré sentido. Soy yo el que insisto en esta empresa insegura.
En casa jugábamos a los videojuegos e invitábamos a los amigos y familiares. Las cenas eran formidables. Recuerdo muy bien el rumor de la gente, las risas, cómo las voces se confundían y la vida fluía entre nosotros, cuando todavía era un niño. Un día no teníamos sillas suficientes y juntamos varias para formar una como las demás. Era necesario y bastó.
En casa hacíamos vida cotidiana, pero no es la misma que hacemos ahora. A mí no me lo parece. Algo se quedó allí. Algo que no he sabido recuperar, que no he encontrado en ninguna otra parte. Allí intenté aprender a vivir y no conocía la mentira del mundo, porque sólo era un niño. Apenas leía porque era más divertido jugar, ver películas, disfrazarme, dibujar.
Creo que perdí mi oportunidad entonces. La oportunidad de morir inocente, desconocido. Ahora, tengo que ser alguien y para hacerlo, debo recoger los vestidos y máscaras de los que ya están muertos. Porque ellos ya no pueden. No están aquí. No sé dónde están. Decir que no están en ninguna parte es absurdo o irrelevante. No les conocí. He conocido a muy pocas personas. Todos somos los mismos.
Recuerdo la amistad de mis primeros amigos, las riñas, los lloriqueos, las confidencias. No he superado aquel amor. Es más verdadero que cualquier beso adolescente, pero todo es necesario por algún motivo que se escapa a la comprensión. Más o menos eso era todo. Y la música, la de mi madre, la mía, la de mi hermano. Era un complemento curioso que decoraba mis fantasías. Sólo creo en las fantasías sinceras.
No podemos mentir mientras soñamos.
Entonces fui haciéndome mayor y me cansé de ser niño, pero no sabía lo que hacía. Recuerdo tantos detalles. Aún es como si estuviera allí porque no comprendo el paso del tiempo. No sé si todo es mentira, aunque no lleguemos a descubrirlo. Tampoco sé si este desgaste no es en realidad un viaje hacia la plenitud o la perfección, hacia un equilibrio o reconocimiento más estable de la verdad.
Mis amigos fueron cambiando y los días eras parecidos. Nos creíamos los dueños del mundo, tan dueños como los niños del presente. Probablemente lo sean, porque nuestro poder da pena y asco. El suyo, al menos, es de verdad. Aunque sólo ellos puedan verlo. Entonces, no había internet. No es como ahora. Todo era más interesante. El mito arrastraba más que ahora. Vivimos una era desapasionada y desesperada. Hay más incertidumbre que nunca para nosotros. Es como si no hubiésemos tenido que llegar tan lejos o diera igual haberlo hecho.
Admiraba a mis héroes y quería ser como ellos. Me miraba muchísimo al espejo. Hacía muecas. Aún hago algunas, pero creo que me conozco suficiente y me infravaloro. Ya no creo en mí. No es como antes. Creo en la explotación y la mentira frenética, porque no hay hueco para la pureza y la simplicidad, si no es para abandonarla estúpidamente. Para olvidarla. Para perder el control. El tiempo pasa.
No sé si tendré el valor de tener hijos. Hoy me preocupa mucho este tema. Creo, no sé por qué, que hay asuntos previos que atender. La autorrealización personal, la fama, el éxito. Son esos trofeos inútiles que todos perseguimos para reavivar los sueños de la infancia. Hoy no creo que ninguno los supere. Eran puros y ninguna mentira puede cambiar eso. Es lo único que me parece verdadera esperanza.
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