El librero de Cebrián


Todos tenemos un tipo de tristeza diferente. Conocí a Pedro cuando tenía unos doce años. Me quedaba en casa de la abuela, donde vivía mi padre, un mes cada verano. Un día vi su tienda y entré con curiosidad. Tenía muchísimas revistas y artículos de cine. Entablamos rápido una amistad de cliente y propietario. En aquellos días estaba mucho más preocupado de lo que me había encontrado, aquella mina entre tanta basura urbana que consumían plebeyos emocionales, o eso quería creer.

Devoraba las revistas. Mi mundo interno estaba en ebullición. Coincidió con la época en que empecé a comprar muchas cintas de vídeo en el mercadillo de los domingos. Tenían que ser de vídeo. Me gustaba mucho el cine de los 80 y los 90, no siempre comercial. Fue una época que recuerdo con mucho cariño. No tenía preocupaciones. Sólo sueños.

Con el tiempo, fui fijándome más en Pedro y menos en las revistas, en su tienda, en la cantidad de polvo del lugar y pensaba, románticamente, en la biblioteca del Guardián de las Palabras o la casa de William Forrester. Nos gusta fantasear con la idea de protagonizar nuestra propia película. Creo que por eso triunfa el cine. Masturba, estimula esa ilusión.

Me pareció un hombre triste, pero tenía sus sueños. Parecía no querer aceptar que su tiempo había pasado. No le culpo de recordarme que los dos pasaremos. Hablábamos de cine, pero él se contenía. Quizá no quería parecer pedante. Sin duda sabía mucho más que yo. Al ser más joven, sin quererlo me ponía sabihondo y soltaba la diarrea mental. Todos esos títulos y valoraciones que nadie me había pedido, para justificar mi opinión, mi manera de ser y de expresarme.

Las revistas me fueron interesando cada vez menos. No recuerdo más que el cambio, el proceso de cambio, pero me parece el único misterio verdadero. Parece que muy poca gente se toma las molestias de ver tantas películas, de escribir todo lo que ha vivido. Supongo que no hay muchos como yo. Tendrán sus propias películas y escritos, esos que yo desconozco o no puedo reconocer, que a mí no me lo parecen.

Pedro me partía el alma porque le imaginaba solo, cobarde, con ilusiones infantiles y pienso que todos somos como él. Pero nos gusta ver a alguien peor y calmar nuestra inquietud. Cerciorarnos de que hay gente peor. Porque no es suficiente con nuestro orgullo, con nuestra pereza. Tenemos que verlo con nuestros propios ojos. Con los ojos del corazón. Y yo podría ser como Pedro cualquier día y no quiero serlo.

Creo que, incluso, es una buena persona y que muchos deberían parecerse más a él. Ver más películas, ser emprendedores. Aunque no sea brillante, ni derroche energía. Yo prefiero a los seres más dolidos del mundo, porque suelen ser los más sinceros, los más sencillos, aunque nos despierten compasión. Yo podría ser Pedro para cualquier otro con más dinero o más éxito que yo. Con menos conciencia. Con otra conciencia. Podría ser un pariah para él. Un desgraciado.

Ni siquiera imagino qué puedo ser yo para Pedro. Un jovenzuelo que se cree destinado a grandes cosas, que se mueve, que desafía a los demás, rezagados y demasiado orgullosos. Que quiere ser diferente porque no soporta ser igual. Quizá tenga esperanza en mí. Quizá alegre su vida. Él ha elegido, como yo. No puedo cambiar lo que he sido. Fue un compañero de viaje que ya no visito, porque él y su tienda me dan pena, pero sueño con que él y sus sueños sean mucho más de lo que yo he descubierto, porque no puedo aceptar que eso sea todo. Su dolor debe ocultar placer, aunque se gaste. Aunque ya haya pasado.

Él podría ser un amigo noble. Recuerdo que mi padre, que lo conocía de los bares, decía que hablaba mucho de política. Eso me gusta. Paradójicamente, no es típico de un ciudadano normal. Probablemente tenga más energía de lo que a mí me ha parecido. Debe ser mejor que mis juicios, más verdadero. Otra persona.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Tà eis heautón

Curación

Postulados relevantes